Ernesto Renan, con quien debía ajustar cuentas Menéndez y Pelayo en su peregrina e inmortal Historia de los heterodoxos, reputaba de héroe intelectual al comentador Averroes, contra el oscurantismo almohade. Dicen otros, reaccionando al endiosamiento, que no hay causa de santidad en el caso del muy piadoso cortesano cordobés, juez y médico.
Entre el estrépito y clamoreo que hoy sale de los laboratorios y anfiteatros, negándolo todo, hasta la idea de causa, apenas se deja oír la voz de otros escritores heterodoxos más elegantes y cultos y de mejor tono, v. gr., Taine, Vacherot, Renán…, los que en Francia llaman pensadores críticos. Verdad es que ni ellos mismos dicen a punto fijo lo que piensan, y en ellos, como antes en los eclécticos, la lúcida facilidad de la exposición oculta lo inseguro y vacilante de la idea. Taine es casi positivista, y sólo se aparta de Stuart Mill y de los lógicos ingleses en la importancia que da a la abstracción. Vacherot y Renán reducen a Dios a la categoría de lo ideal; pero Renán, notable orientalista y escritor elegante y deleitoso, aunque algo relamido, tipo y dechado de retórica y de estilo académico, lleno de timideces y salvedades, no debe su triste fama a la filosofía, sino a haber sido intérprete y vulgarizador en Francia, y por Francia en todos los países latinos, de la moderna exégesis racionalista sepultada en los indigestos volúmenes de la escuela de Tubinga. Pocos han tenido valor para leer la Vida de Jesús, de Strauss; en cambio, todos han leído los Orígenes del cristianismo, logrando el autor fama extraordinaria y nada envidiable de anticristo, a despecho de la fingida moderación y del hipócrita misticismo en que envuelve sus blasfemias. (Don Marcelino)